| La inmersión nunca es puntual. El reloj nada sabe de ella. Mi compañero de viaje puede estar tarareando una canción, y yo nervioso. Ninguno refleja al otro. El mismo cuarto puede ser esquivo y equívoco como su presencia. El anverso de la penumbra inquietante en sus contornos para él, puede tener como reverso un miedo color amarillo fiebre para mí. El mundo es múltiple. El acaloramiento de la cara sabemos vagamente que se relaciona con el enfriamiento de las manos. El cuerpo es una zona de temperaturas, no de estaciones. Puede haber momentos, fugaces, volátiles, en que todo es puro nombres sin verbos. El ojo, generalmente epicéntrico, observador, vigilante, policial, se debate ahora con los otros sentidos en una lucha por fin democrática de dar manotazos para equilibrar el huracán del mundo ( el mundo de un solo cuarto ). No existen fragmentos privilegiados, pedazos tímidos o retraídos, objetos ontológicamente inmóviles, secciones claves para la coherencia de la percepción, no existe jamás intención, ni autor o causa motora, no existe arte. Ni ningún Virgilio en esta aventura hacia las profundidades. ¿ Y la razón? Una herida abierta a la pululación de los insectos moleculares. |